Se preparaba cada mañana como si fuera su primer día. El guardapolvo inmaculado debía mostrar que había sido lavado el fin de semana, mientras intentaba que su hija comiera el puré de brócoli que ya no sabía cómo disfrazar para que lo engulla en la boca.

Ambas, madre e hija iban a la misma escuela. Se miraban extrañadas y acompañadas cada vez que cruzaban el portón con candado que cuidaba las paredes que hacían de segundo hogar.

Aunque su primer hogar se había fragmentado luego de que el hombre con el que había soñado terminar sus días, cuando las arrugas en el reflejo del espejo trajeran los años dedicados a caminar de la mano, se marchara. Ese primer hogar abandonado por el príncipe desteñido luego de varios lavados y varios remiendos, había cambiado, se había convertido en el lugar donde…

Todas las esperanzas estaban volcadas en una familia.

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