👩🏫Por Lorena Schevalie
Un rasgo de los hombres excepcionales es la capacidad de vivir una vida grande, casi múltiple. Domingo Faustino Sarmiento, a quien hoy recordamos, la tuvo. Fue periodista, docente, un prolífico escritor, gobernador, el séptimo presidente de nuestro país y un gran hombre de ideas. A veces ideas agudas, como la noción de que el camino hacia un desarrollo nacional solo puede ser abierto por la educación del pueblo, y otras veces ideas terribles y sangrientas.
La educación, decía Sarmiento, es la fuerza capaz de hacer libres a los hombres, de darles conciencia plena de sus derechos y es la única vía hacia la democracia. Decía también que él era, ante todo, un maestro de escuela y que aún en la presidencia lo seguiría siendo. Consideró entonces de gran importancia la modernización del país a nivel científico e intelectual. Levantó innumerables escuelas y bibliotecas públicas gratuitas para que el poder redentor del conocimiento estuviera al alcance de todos. Larga y laboriosa fue la vida de este hombre, a quien se nombró en 1943 “el Maestro de Latinoamérica” y se lo honró estableciendo el día de su muerte como “El día del maestro”.
Para nosotros, la palabra “maestro” viene atada a unos recuerdos más o menos nítidos. Recuerdos de mujeres y de hombres en guardapolvo que escriben las cinco vocales en pizarrones verdes, de números grandes en cuadernos de tapas de colores y de voces claras y casi familiares que logran quedarse a un lado del olvido.
En un segundo esfuerzo veremos surgir de la memoria a un pequeño grupo de personas que fueron para nosotros maestros personales. Gente de la cual aprendimos cosas que no se enseñan en los libros, porque muchas no caben en las palabras. Pero que aún así cambiaron para siempre nuestra concepción del mundo.
Entre ellos están los maestros que nos enseñaron quizás a leer y escribir, escuchar y tocar música, maestros que nos enseñaron la belleza de la danza y el movimiento, maestros que nos enseñaron a contar o nos mostraron el fascinante mundo de la ciencia, maestros que solo vimos por televisión y nos mostraron que la nobleza y el respeto pueden estar de igual manera en una mesa de debate y en una cancha de fútbol. Podemos pensar incluso en maestros ficticios como William de Baskerville o el noble Yoda.
Este último, Yoda, le dijo a Luke Skywalker al tomarlo como aprendiz de jedi “Hazlo o déjalo. No hay intentos”. Muchas veces reflexioné sobre esa frase y un día me dí cuenta que estaba incompleta. Le faltaba la esencia de explicarle al padawan que ese intento te daba la experiencia de haber triunfado o fracasado. Aprender es eso. No es intentar, es no dejar de hacer por miedo a fallar y creo que cada uno de los que elegimos la docencia lo tenemos muy dentro nuestro. Seguimos en la docencia a pesar de las circunstancias.
En cualquiera de los casos en los que nos encontremos con un “maestro” personal, nos daremos cuenta que llamamos “maestro” no solo a quien abraza el conocimiento como único camino a la libertad, sino a quien comparte con la más noble generosidad ese saber, por grande o pequeño que sea. Es en esa generosidad donde reside la grandeza de estas extrañas personas, que dedican su vida a tratar de ampliar, al menos en un aspecto ínfimo, nuestra visión del mundo. El verdadero maestro libera y agranda nuestro universo, nos da opciones, nos muestra sendas, nos ayuda a crecer. El verdadero maestro no descansa nunca y convierte su vida en el reflejo de sus ideas e ideales.
Saludemos hoy a quienes todos los días nos abren las puertas de lo misterioso y de lo bello, a quienes nos dan la mano y nos alejan para siempre de la esclavitud que implica la ignorancia. Saludemos y recordemos a todos nuestros maestros porque forman parte de nuestra vida, de quienes somos y de quienes seremos. Saludo, personalmente, a mis compañeros, de quienes no dejo de aprender la responsabilidad inmensa, el honor glorioso que hay en la tarea de enseñar a pesar de las discrepancias y los acuerdos.
Y recuerden profes, la Fuerza está con ustedes.
(2016)





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