Tantos colectivos y tuve que subirme al mismo que vos. Tantos motores haciendo ruido en el mismo instante y tuve que subirme al que más cerca te tenía.
No supe verte, estabas entre tantos otros pasajeros. Pude caer en la cuenta que me mirabas cuando te cambiaste de asiento y ví que observabas el libro que sostenía en la mano mientras un libro pequeñito estaba siendo envuelto entre las tuyas.
Me pregunto todavía cuál sería ese libro que cuidabas. Rojo y blanco. Con muchas letras pequeñas atiborradas en alguna parte. No llegué a leer el título. Sí sé que esa edición no la había visto antes.
Los libros guardan secretos de extraños cómplices. Sé que el libro que leía, con seguridad, ya lo debías haber leído anteriormente. Que lo que te detuvo la mirada fue encontrar a otro ser que también se había acercado al mismo autor, al mismo libro, a la misma lectura.
Secretos entre lectores que sólo se saben guardar entre las palabras escritas por otros.
Éramos los únicos dos que teníamos libros en nuestras manos. Un bondi lleno de gente y sólo nosotros dos elegimos estar en otra ficción.
Sé con seguridad que nuestras almas dialogaron.
Sé con seguridad que nuestros secretos se encontraron.
El libro fue la excusa para detener el tiempo y que el silencio tomara la palabra.
Escondí la mirada atrás del libro a la altura de la cara. Te observé por encima sin que te dieras cuenta. Levantaste la vista y nuestros ojos se encontraron. La corporeidad nos deja en evidencia. Volví a esconderme como jugando a las escondidas atrás de mi libro. Sentí que seguías mirándome.
El sujeto que tenía al lado me pidió permiso para bajar. Corrí el libro de mi vista y me dí cuenta que tu mirada iba de tu libro a mis ojos. ¿Por qué no me hablaste? ¿Acaso vos también te diste cuenta que nuestras almas dialogaban mientras nosotros estábamos presos de las miradas?
Llegó la hora. Tenía que bajar del colectivo. Sentí el deseo de seguir el camino para que las miradas sigan dialogando. Pero había responsabilidades que me tironeaban el pantalón para que descendiese.
Toqué el timbre esperando que tu mano rodeara la mía y que me retuviera en el mismo colectivo o que aceptaras el viaje y descendieras conmigo. Los infiernos siempre están abajo y cuando toqué la vereda, me dí media vuelta, te sonreí, me devolviste la sonrisa. Ví irse el colectivo sin cruzar la vereda esperando que el deseo te impulsara a bajar conmigo. No pudiste, no quisiste.
De repente, la tristeza y la desolación cubrió con su manto el vacío de quien se sabe que su alma chocó con otra. No tuve el valor. No supe qué hacer. Tal vez, ambos nos tiramos la pelota para que el otro jugara con ella y nos quedamos inmóviles.
Me miré la mano vacía. Ya no tenía el libro.

Libro
Tantos colectivos y tuve que subirme al mismo que vos. Tantos motores haciendo ruido en el mismo instante y tuve que subirme al que más cerca te tenía. No supe verte, estabas entre tantos otros pasajeros. Pude caer en la cuenta que me mirabas cuando te cambiaste de asiento y ví que observabas el libro…
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