A Dala

 

Escribir una carta con tanta dedicación y personalización de lo que se quiere decir que se vuelve casi una tarea titánica.

Ya no es un audio de cinco minutos que escuchará “cuando pueda” cuya respuesta llegará cuando el destinatario “tenga tiempo”. 

Pensar qué quiero comunicar, intentar ponerlo en palabras, hacer uno, dos, tres o cuatro borradores para terminar escribiendo algo muy distinto a la frase inicial con el que comencé. 

Elegir palabra por palabra, cuidar el significado.

Terminar. Firmar. Ensobrar.

Viajar a entregarlo.

Llegar a la dirección y mirar una y otra vez el sobre con tanto tiempo invertido.

Divisar el buzón. Querer quedarte con la carta. Mirar la ventana. Rogar que el destinatario no te encuentre en el portón. Caminar hasta la esquina insegura.

Pensar que sos una cobarde. 

Volver inflando el pecho.

Volver a mirar el buzón. Observar que está abierto de adentro. Dudar sobre dejar el sobre a la buena del quía. 

Mirar el cielo. Desear que no llueva. Mirá si se moja el sobre y la tinta se esparce.

Volver a mirar el sobre.

Levantar la vista y no ver luz en la ventana. Respirar con alivio de que no está en casa.

Volver a dudar. ¿La dejo? No, me voy y me la llevo.

Caminar hasta el portón del estacionamiento. Si no está, no la dejo. Ver el auto. Con el envión de quién se cree descubierta in fraganti cometiendo un delito, caminar hacia el otro lado. 

Volver. 

Dudar. 

Saber que cuando suelte el sobre dentro del buzón ya no habrá marcha atrás, que la única posibilidad de recuperarlo será saltar por arriba de la reja. Y no tiene rejas. ¿Cómo saltar si no tiene rejas? ¿Acaso los arquitectos no piensan en personas como yo? ¿Todo lo construyen para ladrones?

Dudar.

El sobre en la mano. ¿Lo dejo? ¿Me voy? Si llegué hasta acá lo tengo que dejar. Viajé una hora.

Pero, ¿si el destinatario no la quiere leer? ¿Qué será de esas horas que pasé pensando una y otra vez el contenido de esta carta?

Una vez puesto el sobre adentro del buzón sólo queda no arrepentirse. Respirar. Contar hasta tres y tomar la resolución de soltarlo. 

Explosión de ansiedad.

Ansiedad que espera que el destinatario la lea y responda. Pero como esto no es una película y el destinatario no se notificó de su recepción jamás sabré la respuesta (¿la tendría que haber enviado por correo certificada para asegurarme que la haya recibido? ¿Para qué? Si recibirla no significa que la vaya a leer.)

Soltar el sobre, caminar con la incertidumbre de la recepción, la esperanza de la respuesta y la certeza de que no responderán.  

 

 

Nadie escribe cartas si no es importante.

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