En la antigüedad griega, los anfiteatros se colmaban como las cucharas soperas que usaba mi abuela para medir el bicarbonato para las masas del té de la tarde.
En los teatros, los actores representaban escenas de la vida cotidiana. Los plebeyos aprendían a ser plebeyos, los filósofos aprendían a ser filósofos, los cocineros aprendían a ser cocineros, el pueblo aprendía a ser pueblo.
Los actores manifestaban la catarsis de sus sentires más profundos en instantes fútiles del tiempo. Fue gracias a este concepto que ella frecuentó el escribir. De chica hacía catarsis en su diario íntimo, aquel que su hermana robaba con frecuencia para abrir con una tijera a escondidas bajo la cama y que luego sería la razón para ser extorsionada por un cuarto de kilo de helado con tal de no contarle a mamá lo que había leído.
Maldito registro escrito.
Agotada por las peleas constantes, se refugió en el formato de los cuentos que leía. La protegieron las letras, la acunaron las palabras y la despertaban las oraciones de madrugada.
Con el tiempo entendió que sus sentimientos no estaban bien protegidos y dejó de escribir.
Varias veces fue y volvió del país de la escritura para ser abandonada en el exilio con letras que no decían lo que ella quería expresar pero que funcionaba igual de bien que el llanto ahogado con la luz apagada en la ducha. Allí donde el agua dulce y el agua salada se mezclan y se derriten.
Hoy conserva algunas catarsis en el mar de los ceros y unos en la plenitud de la protección de escribir bajo seudónimo.
Bendito registro escrito.
13/08/2018





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