Lealtad

De leal. 

Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. 

Amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales, como el perro y el caballo. 

Legalidad, verdad, realidad. 

Real Academia Española

 

 

En abril del año pasado me encontré con el deseo de ser mamá. Me decidí a ir a la ginecóloga con el bello deseo y con la intención de ser madre. De repente, se me había caído la lista completa de «estudiar, trabajar, viajar, aprender cosas y sarasa». Ya no tenía cosas en la lista. Como quería formar una familia y los hombres que se me acercan me dejan el corazón roto, me dije «si hasta ahora pude sola, ¿por qué esto no?» Mis deseos ocultaban un desamor sin duelo. Sin embargo, averigüe diversas maneras de ser madre. Desde inseminación artificial hasta adopción. Varios meses después, me dí cuenta que tenía que hacer un duelo y que no quería atravesar un embarazo o una adopción sola.

Entonces, todo mi amor maternal lo volqué (casi sin darme cuenta) en mis tutelados de 5° año de la promoción 2019. Me desviví por ellos. Creo que jamás sabrán todo lo que he hecho por ellos y está bien que sea así.

Desde la promoción 2019 que mis tutelados se convirtieron en los hijos que no me dió la biología. (No, Iñaki, a vos te adopté sin que seas tutelado mío porque no dejás de cuestionar la realidad y las cosas que te dicen y estoy segura de que vas a ser grande, no sé en qué pero estoy segura.)

Pasó el tiempo, me deslomé por el Acto de Egresados porque lo que más quería era que tuvieran un recuerdo hermoso de la escuela. En el proceso no me dí cuenta de lo que estaba haciendo sinceramente. El día del Acto de Egresados viví dos momentos que no voy a olvidar nunca.

El primero fue mientras estaba recibiendo la plata de la fotografía. Apareció un alumno del turno tarde. No trabajo en la escuela a la tarde y lo había visto dos veces. Se acercó congojado y me dijo «profe, le quería agradecer todo lo que hizo para que este acto salga así». Lagrimeo. En el momento no lo sentí tanto porque estaba aún con toda la tensión de que no habíamos dejado la facultad y teníamos que desarmar todo.

Un par de semanas antes del acto, Elisabeth me preguntó si estaba de acuerdo en hacerle un homenaje a la única persona que había roto el récord de 53 años en la institución. Alberto Berazategui fue alumno, preceptor, profesor, vice y rector. Yo llegué a la escuela cuando ya era vice. Me pareció maravilloso que se lleve de sorpresa el homenaje que le íbamos a hacer como institución. Cuando terminó, Alberto se acercó y me agradeció que lo hayamos homenajeado como escuela. Se lo dije y lo sostengo, no hay nada más aburrido que homenajear gente muerta y Alberto hizo mucho por la escuela, no por los años sino por la tenacidad con la que lo hizo. Me respondió que nunca en todos esos años había visto tan hermoso Acto de Egresados. Ahí empecé a entender todo lo que había hecho los últimos meses.

 

Esa noche fui a cenar con el grupo y estaba muerta, literalmente agotada, de cansancio. Cuando llegué a casa con toda la congoja, el sentimiento del deber cumplido y la emoción de felicidad, me recibió la casa a oscuras y vacía. Ojalá esa sensación de querer contarle a alguien que te mataste para que salga algo bien y no encontrar a nadie del otro lado de la puerta cuando entrás lo vivan todos. Te marca a fuego entender los vacíos ajenos cuando has sentido la ausencia en carne propia.

Y lloré. Entré a la ducha, salí, me acosté y me dormí llorando.

Me desperté llorando. Desayuné llorando. Me volví a bañar llorando. Me sequé el pelo llorando.

Fui al médico. Me hizo pasar por la farmacia de la clínica, media pastilla de clona y a descansar.

Al despertar dejé de llorar y me sentía descansada. Pero la sensación de soledad seguía ahí como cuando te cortas y te ponés una curita por varios días. Cuando se cura la herida te queda la sensación de tener la curita en la piel.

Mis padawanes, mis cuasi hijos, aparecieron a fin de año con una caja roja enorme. Y hay un video que muestra cómo pido que no sea un ser vivo antes de abrirlo porque las horas que paso dedicándole de vida a la docencia no permitiría que pueda cuidarlo en casa. No, era una mochila. Safé. Creo que fue un deja vú de que aparecería Sheldon un par de meses después.

En mis vacaciones con la familia, me daba vuelta en la cabeza adoptar una mascota y ahí estaba el miedo otra vez, ¿me aceptará? ¿Me querrá? ¿Querrá quedarse en casa? ¿Cómo hago con el trabajo? ¿Gato o perro? Perro.

Durante esos días hablé con dos personas que hoy son los padrinos de Sheldon: Andrea y Pablo.

Creo que todos agonizamos mientras Vito se iba. De a poquito nos íbamos muriendo mientras nos enternecía los cuidados de Andrea. El que supo de su historia, de los diez años juntos y no se le rompió un poco el cuore no tiene alma, pecho, corazón ni nada.

Después, Pablo que pobrecito sujeto me responde lo que considero «cada pelotudez» pero prefiero no meter la pata porque mi perrito es un ser vivo.

Ambos me ayudaron a visualizar cómo planificar tener una mascota en casa y me enseñaron la diferencia entre un perrito con casa en tránsito y uno en adopción.

Así fue cómo un día ví que rescataban a cuatro pequinés. Le escribo a Chiara y le digo que me traía uno en tránsito. «Ya están preadoptados todos. Pero, hace un rato nos mandaron la foto de este perrito que necesita una casa en tránsito». Y ahí apareció esta bola peluda con esos ojos pidiendo que alguien lo quiera. «Dale, arreglamos y lo paso a buscar».

La chica que lo había rescatado lo trae desde Rafael Castillo a capital. Sí, al final mi perrito es del conurbano también. Se queda dos días en la casa de Chiara y lo voy a buscar.

El 31 de enero de este año entró a casa, todo muerto de curiosidad y miedo. Le dí su espacio para que olfateara. Le fui tirando el kong una y otra vez para que no me mire. Mencioné nombres como Oliver (por Oliver Twist, el personaje del libro), Tommy (por Tommy Shelby de Peaky Blinders), Sheldon (por Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory). Cuando dije Sheldon dejó el juguete y vino como si hubiera reconocido su nombre revoleando esa cola de plumero que tiene a acurrucarse enfrente mío. El tránsito fue permanente.

Jamás podría poner en palabras lo que significa el bola de pelos, el cola de plumero, el «dejá mis pantuflas en paz» para mí hoy. Nos encontramos porque sabíamos que nos necesitábamos. Ni siquiera lo iba a adoptar, iba a estar unos días en tránsito hasta encontrarle una familia. Estaba lastimado y lo curé. Tenía alergia y le dí cada pastilla que necesitaba como si fuera mi hijo.

No hay persona que se cruce con Sheldon que no se enamore de lo educado que es, de lo mimoso que es. Sé que nos extrañamos un montón porque los días que trabajé esperaba volver a casa y cuando llegaba era el único momento en el que gritaba desaforado como saludando y reclamando por qué tardé tanto. Todavía estoy esperando que rompa algo o que me dé vuelta algo de la casa cosa que no ha hecho hasta ahora.

Hemos tenido mascotas en mi familia toda la vida. De ninguna me hice 100% responsable como lo soy con Sheldon. Mamá o papá eran los que se ocupaban. No sabía qué era sentir eso de «la mascota es parte de la familia» porque nunca llevábamos a las mascotas a ningún lado porque siempre los dejábamos con algún conocido que las cuidara mientras estábamos. Tenían su espacio en el patio. Hoy, yo no pienso vacaciones ni salidas sin él.

Y de repente, la pandemia. No es el aislamiento, es miedo a enfermarme. Es el miedo de no ver a mis viejos otra vez, que Sheldon se quede solo, que la gente que quiero se enferme y sufra. De toda la ciencia ficción literaria que consumí en mi vida, ni en el peor escenario pensé que iba a vivir una cuarentena (ahora ya, sesentena).

Los primeros días fueron terribles. La gente se nos cruzaba por la calle, nadie lo tocaba, los dueños de perros no querían que Sheldon olfatee a otros. Se entristeció. De acostumbrarse a pasar dos horas en la plaza cuando volvía de trabajar a que la gente se nos cruce de vereda.

Lo que aprendí es que las circunstancias te cambian los sueños. Radicalmente. Hace un año, cerraba el primer trimestre y me inundaba la catástrofe emocional interna. Ahora me consuela pensar que no era tan malo aunque lo era en su momento. Sin embargo, no sé qué haría sin el monstruito invasor de cama que me apoya la cabeza en el brazo mientras intento trabajar.

Creo que así como en determinados momentos personales hubo cosas que me salvaron la vida, Sheldon llegó «en el momento justo» para que sobrepase la pandemia.

No creo que esto pase rápido cuando siento que cada día es eterno por más que me distraiga laburando, cocinando o jugando con Sheldon.

En el medio de todo esto solo deseo que ojalá, algún día, tengan en sus vidas a alguien que los ame con la inmensidad con la que lo amo a Sheldon.

 

Ojalá.

 

PD: Perdón por publicar las fotos pero no sería lo mismo escribir esto sin ustedes. ❤

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