Del lat. recursus.
Medio de cualquier clase que, en caso de necesidad, sirve para conseguir lo que se pretende.
Bienes, medios de subsistencia.
Real Academia Española
Si algo ha demostrado la pandemia es que no alcanzó con las 4 millones de netbooks que se repartieron hace unos años, no alcanzó con las capacitaciones obligatorias donde nos sacaban a los docentes del aula para «capacitarnos» en el uso de herramientas digitales, no alcanzó el tendido de fibra óptica, entre un sinfín más que se me ocurren.
Una de las cosas que más he reflexionado en estos más de dos meses de #CuarentenaEterna es cómo retrocedemos cada vez más en materia digital relacionada con el aprendizaje.
Estimado lector, tome el celular que utiliza habitualmente y mírelo. ¿Sabía que avanzamos tanto en achicar las herramientas que tiene casi una computadora en su mano? ¿Sabía que con acceso a internet tiene millones y millones de contenidos en la palma?
Sí. Tomar conciencia abruma y mucho.
Pero, la realidad es que pocos lo utilizan de manera pedagógica. Saltamos de whatsapp a tiktok, de instagram a la cámara para sacar fotos, de youtube a spotify. Pero, realmente, ¿lo usamos para aprender?
Hasta que no nos metieron en casa con el decreto de cuarentena no lo entendimos. Algunos alumnos buscaron excusas, «no tengo conexión, por eso no puedo acceder al drive para descargar archivos», «no me llegan los mails», «no puedo», «no sé cómo usarlo».
Una de mis favoritas es «Profe, no puedo usar el word, estoy desde el celular» y cuando le pregunto desde qué dispositivo están conectados me dicen «un iPhone». Me indigno, no porque me importa el dispositivo que tengan mis alumnos sino porque veo esa brecha abismal que se está ampliando entre el pibe que tiene el recurso y no lo aprovecha y el que a pesar de tener un solo recurso entre cinco, lo intenta.
Y sin embargo, llega la esperanza. Una alumna con una pobre conexión a internet para poder entrar a Google Classroom, cada semana me escribe por whatsapp para que le pase la tarea por ahí. La hace, la envía por mail o la misma vía según la estabilidad de la conexión que no depende de ella ni de mis nervios. Esos son los alumnos que sí, siempre.
Ahí está la grieta que se va a marcar en educación al regresar al aula. No es el recurso en sí mismo, es qué hiciste con ese recurso. ¿Lo aprendiste a usar? ¿Desististe? ¿Te quejaste? ¿Pusiste excusas? ¿Cuántas veces lo intentaste?
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Entendí hace varios años que el futuro es digital, que lo digital está ahí para hacernos la vida más fácil, pero que si no sabemos cómo funciona, es lo mismo que tener un auto sin ruedas o un bizcochuelo sin dulce de leche, no sirve para nada. Sin embargo, a lo digital se llega pensando en analógico.
A veces, les llama la atención a mis colegas cuando digo que tengo dos celulares. En algunas ocasiones, me tuve que tragar las palabras de la respuesta que tenía en la garganta cuando me decían «así que andas de trampa». No, claramente no. Simplemente entendí que había que ponerle orden y lugar a cada cosa. El celular del trabajo lo tienen todos, alumnos, colegas, gente que ha trabajado conmigo, ex alumnos desde el 2017. Se prende el lunes a las 7 AM y se apaga cada día al llegar a casa alrededor de las 19 hs. Los fines de semana pasa su descanso abajo de la tele.
Aprendí a usar el celular para cargar las calificaciones, para hacer trabajos prácticos mientras cursaba una carrera, a hacer videos para publicar en las redes sociales, a gestionar el aula virtual donde están mis alumnos, a agendar entrevistas con padres o en qué horario tenía que estar en qué aula, a escanear documentos, a hacer diapositivas, a armar reuniones por Meet o Zoom, a participar de clases en EdModo, a traducir textos y organizar contenido en la nube. Todo desde ese aparato que me entra en el bolsillo. Entonces, si yo pude, ¿por qué mis alumnos no?
Allá por el 2017 cuando decidí comprar un chip prepago para ponerle a un celular que con suerte se prendía lo hice porque en pleno receso invernal una docente en menos de una hora me incluyó en un grupo de whatsapp, me mandó un mensaje privado y un correo electrónico para «organizar lo que vamos a hacer para el acto de San Martín» alrededor de las once de la noche. Mientras José se volvía a morir y yo me indignaba un sábado entendí que el docente no puede con sus horarios y que trabaja en momentos incoherentes. También más de lo que confiesa. Desde ahí, ni mi familia va al trabajo ni mi trabajo va a mi familia. Cada cosa necesita sus tiempos, sus espacios y su dedicación y cuidado.
Las redes sociales me atraviesan desde el 2007 cuando me hice la primer cuenta de facebook. Hoy, más o menos la edad de mis alumnos y sin contar el primer correo electrónico con el que volví locos a más de uno enviando zumbidos. Lo lamento millenials, nunca sabrán la satisfacción de ver moverse una pantalla zumbando. Desde ahí, me he registrado en cuanta red social aparece. Quiero saber cómo funciona, qué hace, por qué la pega o por qué desaparece en un santiamén, qué le delego de información.
Estoy convencida que uno como persona, como escuela, debe tener muy en claro qué y cómo comunicarlo y desde qué lugar hacerlo. En el proyecto del sitio web institucional iniciado en el 2016 en el Colegio Manuel Belgrano siempre tuve en claro que la idea era mostrarle a la gente que la escuela es un laboratorio de producción de conocimiento. Quería achicar el espacio entre las producciones que hacen mis alumnos y lo que ve la comunidad, que es muy poco porque la familia lo ve en un número al recibir un cartón cada trimestre. Los padres durante la secundaria van a la escuela porque su hijo se mandó alguna macana o tienen que pedir algún formulario. Pocas veces los he visto participar de jornadas y eventos, salvo del acto de egresados que sí tiene asistencia masiva de familias enteras. ¿Como familia no te sentís orgullosa de ver a tu hijo o hija siendo reconocido por su participación en el Taller de Gastronomía o de haber colaborado en el Proyecto de Padrinazgo de las escuelas en Quitilipi, Chaco?
A veces, creo que estamos tan atravesados por quejarnos que lo bueno se borra, que el esfuerzo de hacer un proyecto, escribir un cuento o armar una maqueta, se va al tacho porque la envidia y mediocridad del que no hace tapa al que sí hace algo bueno.
En esta etapa que nos toca muy fuerte como docentes se nota más que el docente que no hacía, ahora hace menos; que el docente apasionado, trabaja tres veces más. Y los chicos se dan cuenta. Hemos llenado la red con aulas virtuales, videos, archivos recién convertidos a pdf, trabajos prácticos en word, links de videos porque los queremos del otro lado aunque no estemos entre cuatro paredes.
Ojalá, esta pandemia revalorice el trabajo de la escuela como educadora y como laboratorio de conocimiento.
Ojalá.






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