Julio 2021
Para la historia, la instantánea fotográfica que congeló momentos de la realidad en las fotografías es uno de los mejores inventos del siglo XIX. Allá por el 1826, Joseph Nicéphore Niépce mejoró una caja que se llamaba “oscura” y que tenía 2000 años. Joseph le agregó una placa cubierta de betún que se endurecía con el contacto de la luz. Entonces, la caja que tenía un pequeño agujero por donde entraba la luz proyectaba la imagen del exterior al interior. Joseph se murió sin saber que colaboraría trascendentalmente para que hoy podamos sacar fotos con el celular. Curiosa ciencia.
Para la geografía, una de las cosas más hermosas que tienen los orientales es la característica de darse a conocer por tener cámaras muy extravagantes colgadas del pecho para capturar los lugares que conocen en sus viajes. Son fotos para que la nostalgia conserve en la memoria el momento y dejar el registro de haber vivido una experiencia. Un ser a pesar del tiempo.
Para la literatura, poder describir con el lenguaje las imágenes sensoriales tienen una fundamentación acompañada de toda una teoría que dice que los únicos que tienen la sabiduría para utilizar las palabras son los poetas.
A mí, siempre me fascinó la idea de que haya imágenes que se puedan conservar de lugares muy específicos. Particularmente, las que se quedan grabadas arriba del cuello como si fueran una fotografía y que permanecen en mejor estado que cualquier imagen en formato analógico o digital acompañadas de aromas, sensaciones y nostalgia. Al igual que con los demás soportes, por alguna razón siempre terminan perdiendo calidad y nitidez. Los recuerdos no resisten el paso de la nostalgia y el tiempo.
Esas imágenes, cuando las volvemos a ver, nos dejan pensando, reflexionando o filosofando en los mejores casos.
Las últimas semanas saqué varias fotos que no subieron a la web porque lo hice con los ojos, pero particularmente voy a contar las últimas a la misma persona que puse en la mochila de mi vida.
Tom (cambiaré el nombre por cuestiones obvias) apareció en mi vida después de encontrarlo en un RT contando que sentía que había coincidido en gustarle a la mina que le gustaba. Es sabido que Twitter concentra las miserias y puteadas en un 90% y hallar a alguien contando que era feliz porque la que le gustaba sentía lo mismo que él era un tesoro sin mapa.
Le dí follow con mucha envidia a la femenina desconocida. No porque quisiera ser ella sino porque en los últimos años he perdido cualquier esperanza de poder encontrar un tipo potable (sí, caí bastante bajo pero eso es para otra historia). Nacida y criada con historias de amor, la verdad es que me sentí un Quijote de novelas pero no de caballería. Tal vez, haya sido la cuarentena la que profundizó la ausencia y los vacíos. Aunque estos últimos sean mejor a la parrilla.
Resulta que con el correr de las semanas, Tom conoció personalmente a la femenina y se encontró desilusionado porque después de muchas charlas digitales se chocó con la realidad y eso que era magia pura en el espacio virtual desapareció en el face to face.
Maldito internet que nos encuentra.
Sin embargo, tuve la necesidad de esgrimir esperanzas a alguien que se desilusionó. Empatía, ¿vió? Esto que empezó con muy buena intención terminó por ser una verborragia de desilusiones así que ese primer DM terminó siendo un DM depre. Epic fail.
Tal vez, ironizar sobre la cuestión de que me salió el tiro por la culata y hablar con sinceridad salpicó la desesperanza a las palabras que escribí. Pero hizo que empezáramos a charlar y nos contáramos acerca de la vida. Una separación, un desamor. Un par de hijos, el hijo de otra especie. La desazón de la falta de reírnos porque pensamos que allá afuera hay algo mejor que nos espera, que queremos alcanzar pero no llega. Las ganas de “estar puestos” y que no haya nadie que pueda desvestirnos un rato.
Quiso el destino que un niño rompiera su promesa para que nos conociéramos. Un partido de fútbol, una cena, vino y una charla de casi 7 horas sin conocernos. 3 horas de videollamada 2 días después. Intenso.
Y el universo se alineó.
Bendito internet que nos alcanza.
Pre uno. Cuando bajé a recibirlo, Sheldon movió la cola como si supiera que ese que estaba en la vereda lo venía a ver. Sheldon saluda a todos una vez fuera del edificio. Particularmente, saluda a los chicos del delivery cuando se abre la puerta. Pero lo alcanzó a ver y ya empezó a mover la cola como si supiera que él venía a vernos. Decile olfato de perro pero él lo compró antes que yo.
Aparte de creer que estaba potrísimo vestido con esa campera color oliva se lo veía en armonía. A pesar de su 1,88 mts. estaba potrísimo. Voy a repetir potrísimo porque sí, porque puedo y porque este texto es mío. Potrísimo. Además, de que personalmente podría decir que las fotos no le hacen justicia. Potrísimo. La sencillez, mil veces la sencillez. Potrísimo.
Consensuamos que íbamos a encontrarnos pero no sentí que fuera una cita. Creo que eso influyó muchísimo en que nos sintiéramos muy relajados desde el vamos.
En esa cena, al entrar al departamento le saqué la primera foto cuando se tiró al piso y se rió porque yo no tenía un sillón cómodo para recibirlo. Una humildad a cuestas. Apenas una silla en la mesa para los almuerzos y las cenas a solas, una silla de escritorio donde paso mis horarios laborales ad honorem. La risa descontracturada, estirarse en la comodidad de la cerámica con sus medidas antropométricas en toda su extensión. Primeros minutos y ya sacaba la billetera para comprar lo que vendiera que ni siquiera sabía qué era.
La segunda fue la mejor. Él estaba sentado en la silla y el perrito que ocupa el lugar de mi hijo le pidió upa. Él se agachó, lo levantó, dejó que le lama la cara mientras seguía hablando con la copa de vino en la mano derecha y a Sheldon lo agarraba con la izquierda con total naturalidad. TOTAL NATURALIDAD. (En este punto necesito mayúsculas más grandes.) Mientras tanto, el tiempo seguía corriendo rapidísimo porque hablaba velozmente. La fluidez del diálogo no se cortó. Dejé de escucharlo por unos segundos. [Esta sí es mala mía.] Ahí estaba, era él. Había encontrado lo que quería y lo tenía enfrente de mis ojos, sentado en mi casa y hablando de ya no recuerdo qué porque por unos segundos no fueron importantes las palabras sino la sensación de encontrar el diamante entre las rocas. Por un segundo, después de varios años, sentí que no necesitaba nada más.
La tercera foto fue verlo en el balcón fumando, como aquella vez en que la impunidad de desconocerse hizo que me enamorara de mi mejor amiga. El amor existe, por suerte y destino, en distintos formatos para distintos vínculos y personas.
Hace 9 años, me senté en un balcón a llorar penas, desamores, frustraciones y sueños perdidos. Más o menos como ahora. Mi mejor amiga quien en ese momento era la hermana del pibe que veía de vez en cuando y me había plantado me recibió y un par de horas más tarde estaba contándome los dolores más profundos que tuvo en los últimos años. Desde ahí solo pude abrazarla y no la solté más.
Con la diferencia temporal que existía entre ambos encuentros, recordé que cuando le dí follow a Tom en twitter predije que algo había en este tipo y sentí que algo iba a cambiar(me). Dudé en darle follow pero siempre es mejor que las cosas pasen y no agachar la cabeza adentro de la tierra. Es mejor vivir y soltar que jamás haber vivido.
Y así fue, un par de horas más tarde, que desde lo profundo de mis amarguras y tristezas mirando el techo oscuro del pozo abismal en el que me encontraba ví un reflejo de luz. No la luz al final del túnel sino una luz chiquitititititititita (no te saltees la lectura de los ti sino no tiene el mismo efecto) reflejada en un pedacito de vidrio que mostraba que allá afuera, donde no lo llegamos a ver hay luz que entibia el alma. Buscala en el ángulo, Platón.
No voy a mentir. Por unas horas aflojaron algunas ilusiones llenas de intensidad. Para cuando razoné, busqué el escudo de Capitán América y me lo puse. Tanta belleza, cuando encandila, nos enceguece de tal manera que no podemos ver bien y yo estoy segura que en ese nivel de utopía algo tenía que estar mal. Sexto sentido. Aunque la película no me parece tan buena.
La tercera (bis) no fue una imagen, fue una sensación. La piel erizada cuando alguien te abraza y sentís que te está abrazando el alma ralentizando la huida. Esos segundos de más en que dudé si abrirle la puerta definitivamente o pesa el cerebro más fuerte y soltás para dejar ir. Estuve a milímetros de decirle “¿te querés quedar?” pero pensé que iba a ser una desubicada. Así que no, no se lo dije. No, tampoco nos besamos.
Lo que sí sentí era que no quería que se fuera o que pase el tiempo rápido para volver a verlo. En eso coincidimos.
Las malas palabras son esas que no se dicen (por eso amo putear), las peores son las que nos quedan atoradas como si tuviéramos un hueso de pollo astillado en la garganta que no podemos mover para arriba ni para abajo. Se queda ahí, inmóvil y molestando. Así que elegí el silencio. Si era con quién, el cuándo no importaba.
Todo puede ser muy bueno, pero cuando se acerca a la utopía necesita algo malo para demostrarnos que existe en la realidad. Lo tengo muy presente desde que asumí que las realidades son mejores que los sueños pero que ambos son necesarios y que tienen una relación simbiótica.
Un día después, una videollamada que parecía de unos minutos terminó siendo de 3 horas. Otra vez, la charla fluía como un río encauzado y tranquilo buscando el mar en esos días de verano de vacaciones donde nada altera la tranquilidad del atardecer.
Un día más y la desolación, la pared invisible, el gracias a la Lore del pasado por aprender a agarrar el escudo para frenar la intensidad a tiempo.
Todavía me resuena el «sos un minón, sos un encanto de mujer; pero voy a volver con mi mujer a la que nunca dejé de amar». (En este punto voy a decir que no lo esperaba y eso que le había metido fichas a varias cosas horrorosas que pudieron haber pasado luego de solicitar la necesidad de hablar conmigo. Sumale un auténtico día de miércoles en el laburo.) Ahí estaba otra vez el silencio, ese abrumador silencio en el que te dejan muda y te rebotan los pensamientos más rápido que una ficha de tejo de mesa. Lo resonador del silencio son las palabras que no se dicen. Pero me lo estaba diciendo, a través de una videollamada pero no era uno de los mundos posibles que había imaginado y eso que tengo creatividad a la hora de idear mundos posibles distópicos. Eso fue, de la utopía a la distopía. Un viaje en avión directo y sin escalas de ningún tipo.
Después del monólogo, la cena con sus amigos y en mi casa mi cabeza explotando preguntas como edificios que son demolidos. Grandes trozos de cemento en pocos minutos. Decenas de preguntas que colapsaron entre ellas.
En este punto, me pregunté y pregunto mil cosas.
¿Cómo competir 10 horas con 10 años? ¿Cómo puedo intentar algo siquiera cuando del otro lado ya hay historias, llantos, muertes, hijos, ausencias y encuentros todo junto en la unión de esa pareja? ¿En qué lugar quiero estar?
Con un divorcio pagado, dos años después, ¿a qué volvés? ¿Volvés porque la amás o volvés por tus hijos? ¿Volvés por costumbre? ¿Volvés porque es la zona de confort en la que el universo parece seguro? ¿Para qué volver donde te dejaron y te lastimaron? ¿Por qué te veo como queriendo volver por la culpa de que te dejaron por X razón? ¿Por qué arrepentirse dos años después? ¿Acaso ella vió el mundo y no fue lo que pensó? ¿No encontró lo que pensó que iba a buscar? ¿Cómo arrancás el regreso a un lugar en el que pasaron los años? ¿Así como si nada? Y si eras vos quien tenía que «estar mejor», ¿por qué te dejó solo para que lo hagas? ¿Por qué te soltó la mano cuando se le hizo difícil? ¿Eso es lo que hace alguien que te ama por más que seas un tipo difícil?
Sin embargo, no tengo respuestas y tampoco las va a tener Tom en el corto y mediano plazo.
Volviendo al lugar en el que me (nos) puse (pusimos), solo dos cosas puedo agradecer. La primera es que fue honesto. Los que amamos la libertad amamos saber porque sabemos que «sabiendo» podemos elegir mejor. La segunda, coincidir en espacio pero no en tiempo. Haberme hecho ver la astilla del vidrio donde se reflejó un mundo posible aunque no sea con él, en este momento (solo para mí) es más de lo que tenía hasta ahora pero menos de lo que hubiera deseado.
Para el futuro, lo único que quiero es que seas feliz. Así sin más.
Que la vida te encuentre comiendo pollo a la mostaza con papas al horno.
Que la dicha se refleje en tus ojos al tocar la guitarra.
Que las palabras te broten del cuore escribiéndole a tus hijos canciones.
¿Yo? Seguiré esperando un par de horas más que el betún congele la imagen que se proyecta desde el exterior.
Pero también sé lastimosamente que lo más difícil de enamorarse es coincidir en tiempo y espacio. Aún, a pesar de creer que merezco enamorarme y eso que todos nos merecemos para ser feliz, me siento profundamente desesperanzada y decepcionada conmigo misma más que con otros.
Tal vez, entre todos los destinos posibles que me inventé, el mío sea conocer el amor de mi vida cuando otro viejito de 70 años me saque a bailar en una fiesta del centro de jubilados en el que esté al final de la vida.
Sin embargo, cuando otros toman decisiones siempre nos termina afectando. El efecto mariposa existe y un volver hacia atrás puede desencadenar un tsunami del otro lado del mundo. Como en ”Babel” que hay un elemento que cruza todas las historias de los distintos personajes nos encontramos que el efecto mariposa se produce porque todo se relaciona con todo y podemos ir y volver todo el tiempo encontrando un punto para unirse hacia atrás.
Ojalá que el tiempo te encuentre contando la mejor de las historias.
A tiempo no salí de mi metro cuadrado. Pero te dejé llegar a la orilla. A esa orilla que querés ir de vez en cuando a mirar el horizonte del atardecer escondiendo el sol una tarde de verano cuando la brisa te perfuma de mar.
En definitiva, de corazón, que seas muy feliz.
Por ahí, en otra vida.
Los hechos y/o personajes del texto anterior son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia (o no).
Es muy sano escribir para soltar. Recomiendo.
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