Nunca pensé que una noche podía cambiar mi relación con las redes sociales y con los medios. El 21 de junio de 2021, acostada y terminando el día, escribí un hilo en Twitter. No buscaba “ser viral”. No había estrategia ni hashtags pensados para el alcance. Solo tenía un nudo en la garganta y la necesidad urgente de ponerlo en palabras: “Les voy a contar sobre mi último llanto…”.

Esas primeras líneas fueron el inicio de un relato íntimo sobre mi experiencia como docente en la educación pública: la frustración, el cansancio y la tristeza de ver cómo, poco a poco, el aula perdía algo esencial que incluso hoy no puedo poner en palabras. Minutos después de publicarlo, comenzaron a llegar respuestas. Sin embargo, me quedé dormida porque al otro día tenía que dar clases.

Después de más de una década como docente volvía a describir mi dolor y la desolación que muchos de mis colegas sentían: grupos de alumnos desinteresados, situaciones límite, frustración, agotamiento tanto de la pandemia como de esos meses de post pandemia en el que nadie se preocupaba por el docente que también había vivido el miedo y la incertidumbre; y a quien nadie cuidaba, a quien se le obligaba a velar por entre 40 y 500 estudiantes sin contemplar que nosotros también estábamos con miedo, ansiedad, claustrofobia, entre otras tantas patologías que nacieron cuando intentamos volver a la «normalidad». Sin el apoyo ni la previsión de quienes se llenaron la boca pidiendo «abrir las escuelas».

Los docentes sabíamos que al regresar iba a ser más complicado porque competimos durante casi un año contra videos musicales que demandaban mover el cuerpo y que no producían conocimiento académico con una duración mayor a 60 segundos.

Al día siguiente, descubrí que La Voz del Interior había publicado una nota con mi testimonio. Ver mis palabras citadas y enmarcadas en un medio tradicional fue extraño: la historia ya no me pertenecía del todo. Lo que había escrito desde lo personal se transformó en una conversación pública sobre el estado de la educación.

En ese momento entendí algo: hacerse viral no siempre es una cuestión de números o algoritmos; a veces es decir, con la suficiente claridad, algo que otros sienten pero no logran expresar. La viralidad real ocurre cuando la gente encuentra en tus palabras un espejo de su propia experiencia.

Horas más tarde, apareció otra nota en La 100 con el título: “El crudo relato de una docente sobre la decadencia en la educación que se volvió viral”. La frase “crudo relato” me llamó la atención. No lo había pensado así cuando lo escribí. Yo solo había contado una vivencia real que necesitaba sacar del cuerpo porque me dejaba el nudo en la garganta cada día. Pero en el proceso de ser replicada, mi historia fue reconfigurada: los medios no solo repitieron, también interpretaron y encuadraron lo que había dicho.

Luego llegó la invitación a hablar en Cadena 3, en La Mesa de Café. Era la primera vez que mi voz, no solo mis palabras escritas, entraban a un espacio masivo. Me preguntaron cómo me sentía, y respondí con la misma honestidad que en el hilo: “Devastada”. No por el alcance, sino por lo que estaba detrás del mensaje: un sistema que agota, que frustra, y que nos hace sentir a los docentes como si estuviéramos remando solos en cada aula aislados y con un sinfín de nuevas tareas administrativas que le quitan la mitad de las ganas a dar clases como sentimos que merecen nuestros estudiantes.

Más allá del impacto digital, se abrió una ventana al discurso social donde algunos educadores se sintieron acompañados y otros, tal vez más ajenos a la escuela, se preguntaron qué pasa en las aulas. La cobertura mediática amplificó mi mensaje y llevó Twitter a la tele, la radio y los diarios digitales. Pero sobre todo, al reclamo colectivo de los que estábamos en las aulas se sumó el público que vió en la escuela un problema social urgente.

A lo largo de esos días, fui entendiendo que lo que me había hecho viral no era la queja, ni la anécdota, sino la coincidencia emocional: muchas personas —docentes, familias, estudiantes— se reconocieron en mis palabras. Y cuando alguien dice exactamente lo que sentimos, sin rodeos, la reacción natural es compartirla. Así crece un mensaje en redes: no porque el algoritmo lo elija, sino porque la comunidad lo impulsa.

Ser viral fue como abrir una puerta y descubrir a miles de personas del otro lado, diciendo: “Yo también”, «A me pasa lo mismo», «Yo siento igual». Pero también me mostró la otra cara: cuando un mensaje sale del espacio íntimo y se instala en el espacio mediático, ya no es solo tuyo. Puede ser reinterpretado, recortado o resignificado.

Hoy, mirando hacia atrás, pienso que las redes sociales no siempre conectan por las fotos o los mensajes ingeniosos. Conectan de verdad cuando alguien se anima a decir lo que otros callan. Y aunque hacerse viral pueda ser efímero, lo que permanece es el lazo invisible que se crea cuando una voz se transforma en la voz de muchos.

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