Las personas nos enseñan tantas cosas, aprendemos solos otras tantas.

Aprendemos a decir permiso, por favor, gracias, te quiero. Pero no nos enseñan a decir lo que sentimos mientras sucede. No nos enseñan a decir «no te vayas» cuando queremos que se queden a nuestro lado.

Desde entonces, las palabras que no decimos se convierten en pequeños fantasmas que nos acompañan, susurrando en la memoria lo que pudo haberse pronunciado. Los silencios, a veces, son un refugio; otras, una cárcel. En la vida, los vacíos dicen tanto como las frases más elocuentes: una pausa puede contener más verdad que un párrafo entero.

El problema es que los silencios no siempre se leen como quisiéramos; a menudo son interpretados, tergiversados o, peor aún, olvidados. Y sin embargo, ahí están, llenos de significados posibles, esperando que alguien los descifre. Tal vez por eso escribimos: para romper algunos silencios y dar forma a lo que nunca supimos decir a tiempo, o para dejar que las palabras, finalmente libres, nos devuelvan la compañía que alguna vez se nos escapó entre los labios cerrados.

 

 

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