Vivir en la posmodernidad nos acercó a gente que estando del otro lado del planeta se siente como si estuviera en casa. Skype, Facetime, WhatsApp nos permite ver a aquellos que extrañamos en una pantalla.
Aparecieron los celos por marcar «me gusta» en una fotografía, la falta de presencia digital en el Facebook de otro se hizo sentir como un lugar que no era para nosotros y donde estábamos ausentes porque no salimos en la foto, nos preocupamos por nuestra ausencia en eventos de personas que apreciamos porque vemos que se juntaron y no nos invitaron.
Perdimos otras cosas, la confianza en aquellos que se iban y que habían prometido regresar, el tiempo invertido en una carta especial que les recordaría que los extrañamos, ser puntual en un encuentro porque no había manera de «ir avisando» que nos retrasábamos.
La ansiedad y la angustia hicieron el resto. Explotaron los egresados de psicología y las sesiones para que intentemos aceptar y soportar algo que hacía diez años no lo conocíamos.
Intentamos adaptarnos, somos una especie que biológicamente lo hace, pero que tiene muy poca consciencia de hacerlo mentalmente.
No podemos remar en todos los ríos a la vez, avanzamos de a poco, nos encontramos con otros remeros que cruzan y siguen hacia otro mar.
Otros, se acercan y reman a la par y luego de un tiempo olvidamos que están ahí cerca, remando junto a nosotros. Aquellos que toman nuestros remos cuando ven que ya no podemos remar más. Y nos cuesta, nos cuesta dejarlos ir cuando se vuelven a subir a su bote.
Circa 2 de octubre de 2017





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