Apuntes a partir de la reforma del Estatuto del Docente en la Ciudad de Buenos Aires
En julio de 2026, unos días antes del receso escolar, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires firmó el Decreto 256/2026, que sustituye buena parte de la reglamentación del Estatuto del Docente. La noticia circuló como suelen circular las noticias educativas: un comunicado oficial que habla de mérito y modernización, comunicados gremiales que hablan de avasallamiento, y un público general que mira la discusión desde afuera.
Para entender por qué una reglamentación aparentemente técnica merece una reflexión pública, hay que explicar primero qué es el puntaje docente. La carrera de los profesores de escuelas estatales no se ordena por entrevistas ni por currículums: se ordena por listados. Cada docente acumula puntos en una serie de rubros —el título con el que se recibió, los posgrados, los cursos, la antigüedad, entre otros— y ese total define su posición en un orden de mérito. De esa posición dependen cosas muy concretas: qué horas puede tomar, en qué escuela, y si puede aspirar algún día a ejercer un cargo de conducción en una institución. El puntaje no es un tecnicismo administrativo. Es el instrumento con el que el Estado dice, en números, qué trayectorias profesionales valen más que otras. Esos números que tanto les gustan a algunos.
La nueva reglamentación reorganiza ese mérito. Conserva el título de base, los otros títulos, los posgrados, los cursos y la antigüedad, aunque reduce el tope de esta última de nueve a seis puntos. Al mismo tiempo, elimina tres rubros completamente: los antecedentes pedagógicos, que reconocían publicaciones, investigaciones y proyectos educativos; los otros antecedentes, que puntuaban tareas institucionales como las coordinaciones escolares, la actuación en jurados de concursos o en las juntas de clasificación; y la bonificación por permanencia en un mismo establecimiento. Incorpora, además, un requisito de título de grado en gestión educativa para acceder a cargos de conducción y condiciona las calificaciones más altas de la evaluación anual a un presentismo del noventa por ciento. Es decir, no te podés enfermar, ni tomar licencia por examen para formarte, cosa que está como obligación en propio estatuto. Plop! Los cambios comenzarán a aplicarse de manera paulatina desde 2027.
Toda grilla define un perfil por lo que incluye y también por lo que omite. El docente que la nueva reglamentación premia es un docente titulado, actualizado por la vía formal del posgrado y del curso certificado, y presente en el aula. Nada de eso es objetable en sí mismo. Pero el perfil también se define por sustracción: deja de contar el docente que escribe y publica sobre su práctica, el que investiga, el que participa de los órganos colegiados de su escuela, el que permanece años en una misma institución construyendo conocimiento sobre esa comunidad concreta. Ahora, ya no importa quedarse en la institución en la que querés trabajar. Esas dimensiones existían en la grilla anterior, con puntajes modestos, casi simbólicos; ahora directamente no existen. Y en materia de política pública, lo que no se mide tiende a volverse invisible. Si es que no termina desapareciendo.
¿Y qué espera la sociedad de sus docentes? Contra lo que sugiere el tono de las redes sociales, los datos disponibles muestran un consenso notable. Una encuesta nacional realizada en 2026 en el marco del programa de opinión pública de la Universidad de San Andrés encontró que nueve de cada diez argentinos coinciden en cuatro atributos del buen docente: que se preocupe genuinamente por el bienestar de sus alumnos, que logre aprendizajes significativos para la vida, que conozca en profundidad su materia y que proponga actividades interesantes (Gómez Caride et al., 2026). El mismo estudio registró que el 61 % de los encuestados califica a los docentes argentinos como buenos o muy buenos, y que la profesión despierta ante todo admiración y respeto (¿están seguros?). Ese consenso, señalan los autores, atraviesa las divisiones políticas: sobre qué caracteriza a un buen docente.
Al mismo tiempo, esa alta estima convive con una baja prioridad. Según un informe del Observatorio de Argentinos por la Educación elaborado a partir de datos de Latinobarómetro, solo el 5 % de los argentinos considera que la educación es el problema más importante del país: ocupa el séptimo lugar del ranking de preocupaciones, detrás de la economía, la política, el desempleo y la inseguridad (Gabrielli et al., 2026). La combinación es elocuente: la sociedad valora al docente en el plano del vínculo y de la enseñanza, pero no convierte esa valoración en demanda política sostenida.
Si se ponen las dos fotografías una al lado de la otra, aparece el problema de fondo. Ninguno de los cuatro atributos que la ciudadanía asocia con el buen docente —el compromiso con los alumnos, la enseñanza significativa, el dominio de la materia, la capacidad de despertar interés— es capturado directamente por la grilla de puntaje. La grilla mide lo administrable: títulos, certificados, años, presencia. Esto no es un defecto exclusivo de esta reforma ni de esta jurisdicción; todo sistema de clasificación simplifica, porque necesita comparar trayectorias muy distintas con una vara común. El tema no es exigirle al puntaje que mida lo inmedible, sino observar hacia dónde se mueve cuando cambia.
Y la dirección del movimiento es significativa. Los rubros eliminados eran, precisamente, los que intentaban acercarse a ese docente que la sociedad dice valorar: el que produce conocimiento pedagógico y lo comparte, el que sostiene la vida institucional de su escuela más allá de sus horas de clase, el que echa raíces en una comunidad. Eran aproximaciones imperfectas, sin duda. Pero eran las únicas ventanas por las que el trabajo menos visible de la docencia entraba al orden de mérito. Al cerrarlas, el sistema le comunica a cada profesor que ese trabajo, en términos de carrera, no rinde.
Referencias
Gabrielli, V., Besada, T. y Orlicki, E. (2026). Percepción social sobre la educación y la política educativa. Observatorio de Argentinos por la Educación.
Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. (2026). Decreto N.° 256/GCABA/26. Actualización de la reglamentación del Estatuto del Docente (Ordenanza N.° 40.593), sustitución del Anexo I del Decreto N.° 611/86. https://static.buenosaires.gob.ar/sites/default/files/2026-07/ActualizacionReglamentacion-EstatutodelDocente2026.pdf
Gómez Caride, E., Fischman, G., Reynoso, D. y Gil Deza, L. (4 de julio de 2026). Más allá de la grieta: ¿quiénes son los buenos docentes para los argentinos? MDZ. https://www.mdzol.com/sociedad/mas-alla-la-grieta-quienes-son-los-buenos-docentes-los-argentinos-n1557754

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